Ir por la vida con mitad de alma resulta una tarea para nada sencilla.
No importa la manera en que se haya perdido, llevar a cuestas media alma
menos acarrea todo tipo de inconvenientes.
Con sólo levantarse y
mirar su cara en el espejo el desgraciado podrá apreciar las primeras
consecuencias: notorio adelgazamiento, pérdida sustancial de cabello, descoloramiento evidente de piel, ojos, mejillas y todo aquello que pueda decolorarse.
Nada
más salir a la calle acrecienta el número de infortunios. Debido a que
el peso del alma es muchísimo mayor a veintiún gramos, el mitadalmado
puede volarse con el primer viento que azote la ciudad o ser arrastrado
calle abajo por cualquier niño caprichoso, perro extraviado, etcétera. Esto podría solucionarse fácilmente llevando siempre a mano un ancla del mismo peso, aproximado, al de la mitad del alma perdida. El problema resulta en que, visto y considerando, las pocas fuerzas del infeliz mitadalmado esto suele resultarle imposible.
Sin embargo, la falta de media alma conlleva algunas ventajas a saber: una notable disminución del número de lágrimas ante cortes de relación imprevistos, abandonos del hogar, pérdidas de empleo o de cualquier otro tipo. Menos tardes desperdiciadas llorando por amores inconclusos,
menor cantidad de días laborales perdidos a causa de depresión,
ansiedad o cualquier otro trastorno que para ser padecido requiera de
alma. Eso sí, y es necesario tenerlo en cuenta, acarrea una disminución
de igual magnitud en el número de risas ante los chistes, de latidos del corazón ante el hombre o la mujer amada, de lágrimas de emoción en los casamientos, de salivación al comer un caramelo de dulce de leche o saborear un helado de chocolate.